lunes 30 de enero de 2012

Imitación del avestruz

“España está de nuevo en recesión”, informa el Diario de León del 24 de enero del 2012.
En la presentación de mi novela Espaldas con alas, en la que a través de la figura de San Agustín mostré el momento histórico que le tocó vivir, ya hice hincapié en las sorprendentes similitudes que había encontrado entre las formas de vida del decadente Imperio Romano y nuestro propio tiempo en el “Imperio de Occidente”. Al día siguiente, uno de nuestros veteranos periodistas, que pareció entender el mensaje, publicaba: “Ara Antón leyó textos de San Agustín, denunciando estas situaciones y avisó: Si alguien ve diferencias con los tiempos actuales, que interrumpa y me lo diga”. Por supuesto, nadie lo hizo. Era el 30 de septiembre del 2004.
El 24 de diciembre del 2010, este mismo diario publicó uno de mis artículos, titulado La caverna y el bienestar, en el que decía: “Y así irán recortando pensiones, ayudas, medicamentos a los ancianos...” “Los conectarán con mundos ficticios, que los apartarán de una realidad, que si percibieran claramente los podría horrorizar”.
No es que yo sea una sibila o ni siquiera desee serlo; simplemente, la realidad estaba ante nosotros, pero nos empeñábamos en ignorarla.
Es cierto que la crisis actual se debe a la ingeniería financiera de los mercados, y yo añadiría al desagrado de Estados Unidos ante una Europa fuerte, que pudiera discutir su liderazgo mundial, pero creo que, sobre todo, es debida a nuestro hedonismo. No sólo estamos empeñados en disfrutar –cosa perfectamente legítima, siempre que no olvidemos obligaciones y deberes- sino que hasta el hablar de problemas, enfermedades o inconvenientes está mal visto. Esa filosofía del “tengo derecho a todo” provocó el hundimiento del Imperio Romano. Allí las gentes se olvidaron del trabajo, para vivir del “pan y circo” que el Estado regalaba. Nosotros, y hablo de España y concretamente de León, que es la tierra que más me duele, hemos ido abandonando nuestras riquezas: pan, vino, ganado, minería... e infrautilizando otras, como la energía eléctrica, la explotación racional de nuestros montes... empujados por unos intereses poco claros y unos gobernantes sin ninguna visión de futuro, que basan nuestro sustento en convertir el rico patrimonio histórico –que por otra parte tampoco cuidan- en cebo para atraer turistas. ¿Es que a nadie se le ocurrió pensar que en tiempos de crisis los juguetes se abandonan? ¿Acaso no sabían que es preferible llenar un plato de comida que darse una vuelta por el pasado?
Entonces, cuando todo parecía sonreír, algunos nos preguntábamos quién iba a comprar tantos pisos, de qué comeríamos si se desmantelaba la agricultura y la ganadería, cómo era posible que pusiéramos en manos de culturas hostiles nuestras necesidades energéticas, por qué nadie echaba cuentas cuando los bancos les ofrecían dinero para hipotecas, coches y vacaciones...
Pero los responsables seguían sonriendo, arropados incluso por seudointelectuales, o más bien “clientes”, que así los llamaban en Roma, y nosotros, los de a pie, en la calle, llegábamos a sentirnos mal por no participar en la euforia, pensando si tendrían razón los que nos acusaban de antipatriotas o agoreros.
El cambio del sistema no pide sólo una reforma laboral y económica y de reducción de los organismos duplicados, triplicados o quintuplicados. Es también imprescindible una nueva mentalidad, que nos devuelva a una realidad económica y social que únicamente puede ser como es, nos guste o no. El sistema económico mundial es piramidal y conduce invariablemente a su agotamiento cíclico. Esto lo saben muy bien los economistas cuando hablan últimamente de “Economía sostenible”, que traducido al lenguaje del pueblo quiere decir: “Procuremos que el ciclo dure lo más posible, para llenarnos los bolsillos antes de que reviente”. Y mientras, aumentan los parados, se recorta la sanidad, se congela el sueldo de los funcionarios –la mayoría, los que no son cargos políticos o no han llegado aún, a base de extenuantes oposiciones, a un puesto más alto, gana alrededor de novecientos o mil euros-, como si ellos y no sus ejecutivos fueran los responsables de la situación. Bien. Pues nada. A seguir mirando a Cuenca –que por otra parte lo merece- y a esperar a que regresen los “bárbaros”, a ver si ellos entienden la vida de otra manera y nos hacen cambiar.

lunes 16 de enero de 2012

La otra mejilla

Días pasados la prensa nos informaba de una noticia que, una vez más en estos tiempos revueltos, nos desconcierta y obliga a volver los ojos a varios siglos atrás, para analizar unas enseñanzas que, como hombres modernos, pragmáticos y autosuficientes, creíamos más que superadas.
A poco que nos esforcemos, la mayoría recordamos las palabras de nuestras madres, siempre atareadas sin necesidad de trabajar fuera de casa, cuando, después de hacer que escuchaban nuestras quejas porque algún compañero, o compañera –no faltaría más- abusando de su mayor superioridad física o agresividad, nos había dado una buena tunda o simplemente una bofetada, patada, estirón de pelos, pellizco, empujón, arañazo, mordisco, puñetazo... –porque en este tipo de agresiones sí que teníamos un extenso vocabulario- sentenciaban con una tranquilidad que en el fondo nos encorajinaba: “no te dejes pegar”. Y nos enfadaba porque nos dábamos cuenta de que ellas no alcanzaban a entender que nuestro agresor o agresora era mucho más alto o alta, fuerte o “fuerta”, mayor o “mayora”. Desengañados y solos en un rincón, mascando nuestra venganza para el día siguiente, al menos yo y probablemente muchos más entendíamos que aquello de “no te dejes pegar” quería decir, más o menos, “defiéndete”.
Pero mira por donde, ante la noticia de la riña de Castrocalbón acabamos de entender que estábamos equivocados y que quien tenía razón era Aquel que nos aconsejaba poner la otra mejilla.
En el pasado mes de agosto, a la salida de misa –que no parece que le hubiera hecho mucho efecto- un hombre agrede a una mujer, causándole “una contusión... erosión... y fracturas” -o sea, que se despachó a gusto-. Un familiar de la agredida salió en su defensa, provocándose –mutuamente, se entiende- “heridas menores”. La cosa llega a los tribunales y el fiscal solicita que el agresor sea castigado con “cinco meses de prisión, una multa de 400 euros, una indemnización de 3.186 euros a la mujer y de 90 al familiar que salió en su defensa”. Hasta aquí bien. El castigo queda dentro de las enseñanzas recibidas: “No te dejes pegar” “¿Defiéndete?”. Pero comenzamos a dudar cuando vemos que el fiscal estima que también se debe imponer al defensor una pena de cuatro meses de prisión y una indemnización de 348 euros que tendría que abonar al agresor de su pariente.
¿Deberíamos, pues, defendernos en el caso de una agresión, como creímos entender en nuestra infancia, o “poner la otra mejilla”?
A ver si resulta que, después de pasarnos años suponiéndonos en posesión de la verdad, esta desquiciada sociedad empieza a volver los ojos y las intenciones hacia la mansedumbre, la honradez, el diálogo y el respeto mutuo.

jueves 29 de diciembre de 2011

Paquirrín, Princesa del pueblo

Más de lo mismo. Parece que ya está confirmado que esta vez Belén Esteban ha cedido gentilmente su puesto de “Princesa del pueblo”, para esta Navidad, a Paquirrín y su señora madre.
¿Qué le está ocurriendo a un país que se extasía ante semejantes modelos humanos?
Los responsables de las cadenas de TV no son tontos –remedando la, por demás, imaginativa frase publicitaria- y nos dan aquello que nos gusta. Y parece ser que los hechos o los protagonistas que gozan de mayor audiencia son los más zafios, ignorantes, vacíos y un montón de adjetivos a cual más ignominioso que, por prudencia y por no contribuir al fangoso morbo en que chapoteamos, me reservo.
Una vez escuché a uno de los mal llamados integrantes del -por otra parte inexistente, o casi- mundo de la cultura, que él no deseaba “de ninguna manera ser paternalista y enseñar nada a nadie”. Y en esas estamos: rehuyendo el reprobado paternalismo y evitando por todos los medios enseñar algo provechoso en algún sentido a los que tienen tiempo y ganas de sentarse ante su televisor. No ilustramos ni educamos ni siquiera exponemos; antes bien, acompañamos, o más bien empujamos, a los televidentes a refocilarse en sus más bajos instintos, consiguiendo que encuentren en esos tipos que les presentamos algunos o tal vez muchos de sus propios defectos. Así logramos que no los vean como tales y traten de superarlos y crecer como personas, antes bien, quedarán justificados y hasta se sentirán orgullosos porque son “igualitos que Belén o Paquirrín”. No hay más que observar la calle o los lugares públicos para darse cuenta de hasta qué punto está calando en las gentes la chabacanería, la ordinariez y, lo que es mucho más grave, la falta de respeto por los demás. Pero hubo un tiempo en que al saltarse las normas se le llamó “honestidad” –no me lo estoy inventando; yo lo viví y las gentes de mi generación, a poco que hagan memoria lo recordarán-. Y de esa “honestidad” llegó el cultivo de los llamados bajos instintos, que no quiero juzgar como negativos porque tienen su momento e incluso, en casos concretos, su necesidad, pero con los que es muy difícil, por no decir imposible, convivir. Y una sociedad, por muchas libertades que esté dispuesta a conceder –cosa que debería ser discutible, ya que lo individual en muchas ocasiones choca con lo colectivo- debe prestar atención a su desarrollo, se supone que buscando mejorar, y eso se conquista con la educación, poniendo al alcance de los cómodos o abúlicos lo que sería deseable conseguir para el bien de todos. Sí, ya sé. Las libertades y tal... Pero ¿dónde queda la libertad del resto de los ciudadanos que sí quieren instruirse? Porque aunque haya quien cree que no existen, les aseguro que están ahí, ávidos de conocimientos y de expansiones artísticas o incluso espirituales. Si no queremos que suene a adoctrinamiento, llamémoslo sugerencia de lo bueno o lo conveniente y evitemos el elogio de lo grosero o inútil. Creo que la comunidad debe al menos presentar –ya que no inculcar- modelos dignos de emulación, hechos o personas que aporten algo positivo al crecimiento individual o colectivo. Porque, si eso no es adecuado por paternalista ¿no deberíamos replantearnos la educación obligatoria? Tal vez sería conveniente, siguiendo ese empacho de libertades mal entendidas, acabar con colegios, institutos y universidades, no vaya a ser que en el futuro, que por los síntomas que padecemos ya está aquí, nos juzguen y condenen por querer convertir –cada vez menos, es la verdad- a nuestros niños y jóvenes en miembros activos de una sociedad que en algún momento soñamos con hacer mejor y que ahora, si alguien no lo remedia, retrocederá en prestaciones y servicios -que no en respeto y educación, ya que en eso podrían darnos lecciones- al tiempo de nuestros abuelos.

miércoles 14 de diciembre de 2011

Tiempo de cambios

Los científicos andan molestos y, aunque no lo admitan abiertamente, también algo desorientados. Resulta que todos, sin atreverse siquiera a dudar, habían acatado la teoría de que nada podría viajar a mayor velocidad que la luz. Y uno, que es muy poco científico y que se rige preferentemente por la observación, el estudio de la historia y el sentido común, siempre se ha cuestionado cómo podían estar tan seguros, habida cuenta de lo poco que sabemos del universo que nos rodea. Pero lo había dicho Einstein y ante eso... Mas también hubo un tiempo en que los hombres estaban convencidos de que la tierra era plana y hasta hace muy poco se defendía que los neandertales “jamás” se habían cruzado con el homo sapiens; o bueno, sí, una sola vez, porque habían aparecido restos de un bebé con genes de las dos razas o especies o... no sé como denominarlas porque, al no ser científico, uno teme equivocarse constantemente y despertar sus dogmáticas iras.
El inmovilismo es cómodo y, sobre todo, seguro; es lo que el hombre ha buscado desde que apareció sobre el planeta: seguridad y organización del caos, para aferrarse a algo que le permita caminar con un cierto equilibrio por un sendero absolutamente desconocido, del que ignora el principio y el fin. Por eso nos molesta todo lo que signifique cambio. Por eso cerramos durante meses los ojos a la crisis que nos envolvía, afirmando que no estaba y que, además, si alguien hablaba de ella era un elemento subversivo y desestabilizador. Decididamente no nos gustan las modificaciones; ni a los ignorantes que marchamos guiándonos sólo de la intuición ni a los grandes cerebros que cuando se enfrentan a algo que no esperan, deciden que es un error, como están haciendo con el experimento del CERN, en que unos desconsiderados neutrinos se han atrevido a poner en cuestión nada menos que la opinión de Einstein, quien murió sin entenderse con Bohr, puesto que nunca aceptó las “rarezas” de la física cuántica, a las que tildaba de “fantasmales”. Y aunque los experimentos demostraban que era posible que dos partículas se influyeran mutuamente sin ningún tipo de contacto, como el gran genio no admitía que la realidad dependiera del observador y que nada viajara a mayor velocidad que la luz, en la Interpretación de Copenhague se decidió que se usaran los recientes descubrimientos en lo microscópico, puesto que funcionaban para fines prácticos, y que en lo macroscópico se siguiera utilizando la física convencional, sin hacerse preguntas incómodas. Gracias a esa decisión, hoy podemos disfrutar de avances, como el láser o la resonancia magnética, cuyo funcionamiento se basa en aquellas “rarezas”.
Es probable que estos nuevos descubrimientos, a los que ahora nos resistimos, con el tiempo se demuestren falsos o simplemente se superen, como tantas veces ha ocurrido ya en el discurrir de la historia, de la que tan poco aprendemos y que incluso, para no tener que enfrentarnos a ella, arrinconamos con el resto de las llamadas humanidades porque no nos parecen inmediatamente rentables. Pero, aun así, no vendría mal un poco más de humildad y mucho menos dogmatismo. Es cierto que están apareciendo variables que pueden hacer tambalear no sólo los principios científicos, sino también nuestro sistema de vida. Si esto es así, deberíamos enfrentarnos a esos posibles cambios con la mente abierta, sin falsos optimismos y sin confiar en que las cuestiones o los problemas nos los vayan a resolver otros o simplemente el paso del tiempo. Cuando algo que afecta a una sociedad crece, mengua, se traslada o evoluciona, exige un estudio serio, realizado por verdaderos expertos, que ofrezcan alternativas, las cuales, una vez aceptadas, involucren a todos según sus posibilidades o capacidad. No es tiempo de juegos, de pensamientos positivos a la americana, ni de dogmatismos inmovilistas; es tiempo de actuaciones responsables, de humildad y de grandes hombres y mujeres, que estén dispuestos a admitir, dirigir y gestionar los cambios.

lunes 21 de noviembre de 2011

¡Viva María!

No entiendo que el peso de una presentadora de TV sea causa de debate nacional. Hablamos de Estados Unidos, pero estoy segura de que podría ocurrir aquí mismo, influidos como estamos, aunque muchos no quieran admitirlo, por ellos. La cadena de noticias CNN incluye entre sus barbies prefabricadas, incomprensiblemente, a una mujer normal. Con este calificativo designo a una fémina que no pasa hambre como el resto de compañeras –ahora también compañeros- de cualquier cadena y casi de cualquier país, que saben muy bien que, o son delgados o no son.
Por lo visto, María Ramos, nombre de la desobediente hembra, además de hispana -que no latina-, tiene en su haber un brillante curriculum, que a nadie parece interesar ante su exceso de peso. A mayor abundamiento, la susodicha disidente viste ropas de lo más clásicas y lleva un peinado anodino. Y, en el colmo de la independencia y de la personalidad, usa gafas, en vez de hacerse operar, como sería lo deseable. ¿Acaso ignora que está cometiendo una falta imperdonable? Nadie cuya vida se desarrolle cara al público debería mostrar tan antiestético artilugio. Eso lo sabe hasta algún dirigente político que, ya puestos –por aquello de aprovechar la anestesia y los guantes de los cirujanos- podía haberse quitado un pedazo de nariz para añadirlo a la barbilla.
La imagen, a todas luces inapropiada de la presentadora, ha conseguido que se cree un debate en torno a su persona, en el que lo de menos es su brillante curriculum. En un país en que el exceso de peso se ha convertido en un problema sanitario, se han elevado voces que claman para que María desaparezca de la pantalla y se vaya a su casa. Si posible fuera –esto es una deducción de los hechos- debería viajar a su Nicaragua natal porque es una mala imagen para los candorosos y pueriles americanos que, al parecer, no saben lo que les conviene y si ven a alguien con más quilos de los debidos se ponen ciegos de hamburguesas y perritos. Los expertos han debido de llegar a tan profunda conclusión después de sesudos estudios, los cuales han probado, sin ninguna duda, que es la visión de esta mujer la que los empuja a inflarse de grasa y no el precio de los pescados, la carne magra y las frutas y verduras, que están muy por encima de sus posibilidades. Pensándolo bien, puede que esto último haya sido el motivo para poner de moda los esqueletos andantes, a falta de soluciones más imaginativas y poco lesivas para el presupuesto particular de políticos y banqueros.
Que yo sepa, ningún debate efectivo se ha llevado a cabo sobre los amaestrados trabajadores que dan la cara cada día exponiéndose a la opinión pública. Lucen todos sus huesos con el desparpajo y las energías de los muchos cafés ingeridos a lo largo del día, que sustituyen los alimentos que necesitarían para mantenerse en pie y que no quieren –y en muchos casos no pueden, si desean trabajar- ingerir. Y todo eso sin perder la sonrisa y sin quejarse; las lamentaciones no son nada positivas. Todo lo que nos sucede, incluidas desgracias o despóticas obligaciones que nos cree nuestra profesión, debemos enfrentarlo con optimismo y buen talante –no es coña- e incluso aceptarlo como una bendición, puesto que nos obliga a tomarnos la medida, a cambiar, a reinventarnos, a seguir luchando y a ofrecer los mejores resultados para la empresa, que, al fin y al cabo, es de lo que se trata. Domesticados y sonrientes.
Desde luego que un peso excesivo es perjudicial para la salud y algún descerebrado puede decidir imitar determinado modelo, pero ¿y la delgadez extrema? ¿Acaso esa patología no está creando serios problemas sanitarios? Desde luego que sí. Todos hemos conocido casos de personas que han llevado su obsesión por entrar en las castrantes medidas impuestas por la moda hasta una nueva programación cerebral. Esta programación, una vez aceptada e integrada en la mente, es la encargada de conducir al enfermo a la muerte. Y a muy pocos parece importarles. ¿Es que esta imagen huesuda y demacrada no se está llevando por delante vidas? Seguramente también la obesidad lo haga, pero ¡no seamos hipócritas! La polvareda levantada no se debe a un exceso de celo por la salud de los telespectadores, el verdadero problema está en rebelarse contra el sistema, sea por el motivo que sea. Obedientemente debemos aceptar las normas dictadas por una sociedad cegada por el dinero y olvidada de principios morales e incluso de la ética más elemental. No es de recibo que María pretenda tapar sus quilos y sus anodinos modos con un curriculum brillante. Lo que debe hacer es ponerse inmediatamente en manos de un asesor de imagen, que le haga entender, de una vez por todas, cuáles son las normas exigidas por nuestra sociedad para poder integrarse en ella. Si consigue llegar a darse cuenta de los errores cometidos hasta el momento, comprenderá que el pasar hambre o estar obsesionada con el “modelete” a lucir son motivaciones muy positivas para su vida y, desde luego, mucho más importantes que sus estudios o preparación intelectual. En cuanto consiga adaptarse al sistema, eso sí, rindiendo al máximo y, sobre todo, sin perder la sonrisa, verá subir sus enteros, recuperará el amor del público y, lo que es mucho más importante, el de los jefes y mandatarios de su cadena, que valorarán muy positivamente su domesticación.

miércoles 5 de octubre de 2011

Un impuesto a los bebés

Uno de los emires de nuestros pequeños, descapitalizados, pero, sobre todo, independientes Reinos –con perdón- de Taifas, promete subir los impuestos a los ricos. No sé yo si eso es justo, ya que muchos de esos “ricos” han conseguido sus dineros con enorme esfuerzo y dedicación, saliendo de la nada o, lo que es lo mismo, de un poblacho que ya empezaba a morirse, empujado por esos mismos dirigentes, que daban subvenciones a cambio de arrancar viñedos o deshacerse de ganado. Alguno de esos “ricos” intuyó el desastre y abandonó sus tierras. Por los caminos encontró otros medios de subsistencia y, sin medir sus horas de trabajo y con mucha creatividad, consiguió su riqueza. Y ahora le suben los impuestos por el bien común y mira con asombro a esos otros “ricos” –a los de verdad, a los de siempre- a los que además de regalarles la vida, les han puesto en las manos la fortuna amasada por sus antepasados desde los tiempos en que los siervos eran la solución. Y se asombra. Se asombra de que ese niño bonito que con ímprobo esfuerzo monta su caballo para exhibirse tenga que pagar lo mismo que él, o puede que menos si la legión de abogados que le respaldan es lo suficientemente eficiente. Pero, dejémoslo así, porque eso de esquilmar a los “ricos”, sean de la clase que sean, nos encanta a los inútiles que no hemos tenido el valor o la suerte de elevarnos sobre nuestras miserias. Alguien tendrá que pagar los gastos suntuarios de los emires, las embajadas en el extranjero de “países” de cinco metros cuadrados, el cuento para ingenuos de la lengua materna y olvidada -no entendida como un rico patrimonio a preservar, sino como un arma política-, el mantenimiento de un Senado que no sirve para nada... Alguien lo tiene que pagar. Y como lo políticamente correcto, por aquel discurso de los “pobres”, “obreros”, “proletarios”, etc. que a estas alturas debería estar superado por logros que habrían conseguido elevar a las clases desfavorecidas a la situación de bienestar a que tienen derecho... Pues eso, que vamos a gravar las grandes fortunas. Pero, mientras nos decidimos o no –porque es de suponer que los poderosos no se van a quedar de brazos cruzados-, vamos a empezar por lo más sencillo, por los más débiles: los enfermos y los ancianos. Ellos ya no tienen fuerzas ni medios para resistir. Se van a dejar esquilmar sin abrir la boca y los emires podrán seguir disfrutando de sus sueldos astronómicos y subvencionando gastos superfluos que dejen turulatos a sus incondicionales, a los que se les caerá la baba ante nacionalismos bananeros, que no es que busquen valorar la cultura, tradiciones, lengua o recursos de una tierra, no; tal como hoy están entendidos aspiran a -y por supuesto logran- hacer medrar a sus dirigentes, quienes, después de encendidos discursos, se vuelven para soltar una risita, viendo las pasiones incontroladas –dignas de mejor causa- que desatan en sus seguidores.
Dicen las malas lenguas que todos esos jefecillos acuden a las clases impartidas por algunos mandatarios de repúblicas bananeras, preferiblemente –por aquello del idioma- latinoamericanas. Que, ya puestos, no sé por qué han dejado de llamarse hispanoamericanas. ¡Ah! ¡Claro! Porque eso sonaría a español y ese concepto trasnochado, y por demás superado, está muy mal visto.
Bien. Pues, a lo que íbamos: que estos jeques de nuevo cuño, después de regresar allende los mares, con las lecciones aprendidas y el magín lleno de ideas brillantes, al ver las arcas vacías deciden llenarlas esquilmando al funcionariado –entre cuyos integrantes, les aseguro aunque la mayoría no se lo crea, hay sueldos de 900 euros-, a la Sanidad -porque los enfermos, además de no rendir, gastan-, y ahora, en el colmo de la creatividad, deciden recortar ayudas a los ancianos. De momento –probablemente hasta que se acostumbren o, aburridos, decidan morirse- durante un par de meses, dicen, para que no suene tan bárbaro e inhumano.
Yo, aunque no he tenido la suerte de recibir lecciones bananeras, quiero poner mi granito de arena –uno también tiene sus momentos brillantes- y se me ha ocurrido un nuevo impuesto que podría ayudar a seguir manteniendo nuestros Reinos de Taifas y a sus califas. ¿Qué tal si gravamos a los bebés? Sólo hay que hacer números y veremos enseguida lo caro que resulta al Estado, o a los Estados –creo que así es más exacto y más aceptado- el mantenimiento de todas las madres, que luego alimentan a esos gorditos glotones irresponsables, a los que no preocupa en absoluto lo que se ha tenido que invertir en la leche que tragan a grandes buches, mamando golosos e insaciables. Pongámosles un impuesto. No hay razón para que no les hagamos pagar lo que consumen, tal como todo hijo de vecino debe hacer.
Ahí queda otra imaginativa solución, que puede añadirse a la lista de las pensadas por nuestros brillantes dirigentes.

martes 27 de septiembre de 2011

Los nuevos héroes

Decía un camionero que acababa de salvar a un joven de morir entre las llamas de su coche accidentado que “los héroes no existen”.
Estoy de acuerdo con él, los héroes no existen; los grandes héroes, los de epopeyas o novelas. Los pequeños, los de todos los días sí que existen; están ahí, mejor aquí, alrededor, encima o debajo de nosotros, porque pueden ser el vecino del quinto o la vecina del primero. ¿Cómo si no podríamos llamar al camionero? Él expuso su vida, pues el coche en llamas podría haber explotado. Rompió el cristal a patadas -¡Ya hay que patear con fuerza y coraje!- y extrajo, o excarceló, como se dice ahora- al chico que había quedado atrapado en el vehículo.
¿Qué nombre podríamos dar al padre o madre de familia que está en paro? Los vemos salir cada mañana, pateando la ciudad en busca de una posibilidad, un amigo, un sueño al fin, que saque a sus pequeños de la incipiente indigencia.
¿Y a los abuelos? Esos ancianos que comparten su vieja vivienda y su exigua paga con hijos y nietos necesitados de un techo y un plato caliente. El hombre pasea a los niños, mientras la mujer hace números en los mercados, buscando los alimentos que llenen las bocas y, si es posible, nutran sin salirse del presupuesto. Y no estoy hablando de la posguerra; esto ocurre en el presente, aunque nos empeñemos en ignorarlo por aquello de “no ser patriotas”.
Hay otros héroes, mal que le pese al camionero. Puede llamarse así al que marchando por una acera, presuroso por sus ocupaciones, ve caer a un niño desde una ventana y, sin pararse a evaluar las consecuencias, tiende sus brazos, que como una cuna amorosa salvan la vida del pequeño. O aquellos otros jóvenes, que tal vez de cháchara o de camino también, observan el humo que sale de una vieja vivienda. Alguien apunta que dentro están una pareja de ancianos o quizá una mujer y su hijo o... ¡qué más da! unos seres humanos necesitados de ayuda, y se las ingenian para trepar por la fachada, entrar en el piso siniestrado y sacar a las posibles víctimas, que más tarde esperan sentados, arropados por mantas que algún vecino se apresuró a levantar de su propia cama, la llegada de las ayudas oficiales.
¡Ya lo creo que hay héroes! Cada uno de nosotros es o puede ser un héroe. Sólo con dejar que esa parte que mantenemos a raya, casi escondida y ahogada, salga y se manifieste para el bien de todos. Y no es necesario que nos convirtamos en protagonistas de una epopeya o que ganemos el mundial de fútbol. Al lado, justo al lado, tenemos algo o alguien que necesita de nosotros, y a veces ni siquiera hay que jugarse la vida o compartir dineros; con un poco de tiempo y entrega, escuchando simplemente, también podemos ser héroes.
El hogar, el barrio, la ciudad, el país, el mundo, son nuestro reflejo. Sin “falsos buenismos”, con los pies en el suelo, hay tarea para todos y, no sé si por suerte o por desgracia, cada vez más. Sólo hay que querer; todos podemos ser héroes y, si llega un tiempo en que dejemos de correr detrás del viento, hasta se contarán nuestras pequeñas hazañas en nuevos filandones y con nuestros nombres nacerán otras leyendas.