Nos van a hacer un spa y un hotel de 40 habitaciones en nuestra olvidada montaña y protestamos por una demolición de nada. Lo importante son los quince puestos de trabajo y, sobre todo, los 230.000 euros de subvención. ¿A quién le puede interesar un edificio blasonado del siglo XVIII? Desde luego al alcalde de Puebla de Lillo no, porque ni siquiera se enteró de que la casona estaba siendo desmontada; tampoco sabe dónde están sus bellas piedras, aunque ahora, después de ser advertido por la Junta, ha encargado a sus técnicos un informe y se propone “reponer la legalidad”. Por su parte, el propietario, después de justificar sus actos por el mal tiempo y el terreno –que había cimentado el edificio durante siglos y que, ladino él, no estaba dispuesto a soportar la edificación ni un segundo más-, promete su exacta reconstrucción.
Con estos datos, los amantes de la historia y la conservación del escaso patrimonio de nuestros maltratados pueblos nos empeñamos en quejarnos, en hacer una tragedia de una nimiedad, en lugar de estar agradecidos al eficiente alcalde, que ya ha puesto a trabajar a un “comité de sabios”, y al activo empresario que parece comprometerse a reconstruir la mansión y que, además, está dispuesto a dar una limosna al pueblo en forma de quince salarios.
¿Qué ocurre en este país que todo el mundo puede hacer lo que le da la gana, sin importar el desmán cometido? ¿Por qué ni siquiera nos sentimos obligados a dar explicaciones previas o a solicitar permisos? Tal vez no sean necesarios, porque con una palmadita en la espalda al amiguete de turno sea más que suficiente. Y a la mayoría, a las gentes que ven esquilmar sus pueblos no parece importarles, porque lo deseable es lo nuevo y lo que parece productivo de forma inmediata, porque, filósofos ellos, creen estar seguros de que ni el pasado ni el futuro existen.
Con estos datos, los amantes de la historia y la conservación del escaso patrimonio de nuestros maltratados pueblos nos empeñamos en quejarnos, en hacer una tragedia de una nimiedad, en lugar de estar agradecidos al eficiente alcalde, que ya ha puesto a trabajar a un “comité de sabios”, y al activo empresario que parece comprometerse a reconstruir la mansión y que, además, está dispuesto a dar una limosna al pueblo en forma de quince salarios.
¿Qué ocurre en este país que todo el mundo puede hacer lo que le da la gana, sin importar el desmán cometido? ¿Por qué ni siquiera nos sentimos obligados a dar explicaciones previas o a solicitar permisos? Tal vez no sean necesarios, porque con una palmadita en la espalda al amiguete de turno sea más que suficiente. Y a la mayoría, a las gentes que ven esquilmar sus pueblos no parece importarles, porque lo deseable es lo nuevo y lo que parece productivo de forma inmediata, porque, filósofos ellos, creen estar seguros de que ni el pasado ni el futuro existen.