Un antifascista agrede a un joven en el metro. Así rezan los titulares de algunos periódicos, hoy 28 de abril del 2010, y uno, ignorante y poco versado en segundas intenciones, se pregunta indeciso: ¿Por qué se le concede un título, que se supone honorífico, a un vulgar canalla? ¿Porque él se denomina a sí mismo de este modo? ¿Porque los periodistas le han creído o porque quieren que nosotros nos lo creamos?
La palabra fascismo, usada como denominación de una ideología política, ha pasado por meritos propios –y eso nadie lo pone en duda- a significar violencia, agresividad, imposición, autoritarismo, recorte de libertades y cualquier otra lindeza que se nos ocurra porque todas admite.
Y entonces aparece este joven “antifascista”, es decir, que está en contra –se supone- de todo lo antedicho, y, sin mediar palabra, comienza a golpear al muchacho que -también se supone- no comparte sus ideas, o sea, que piensa de una forma diferente a la suya, por lo cual merece que se le haga entrar en razón a patadas. Y los medios de comunicación, sin analizar demasiado tal vez, o por oscuras razones que se nos escapan, suavizan la salvajada titulando “antifascista” al fascista de hecho. Cuando menos chocante; ¿o no?
La palabra fascismo, usada como denominación de una ideología política, ha pasado por meritos propios –y eso nadie lo pone en duda- a significar violencia, agresividad, imposición, autoritarismo, recorte de libertades y cualquier otra lindeza que se nos ocurra porque todas admite.
Y entonces aparece este joven “antifascista”, es decir, que está en contra –se supone- de todo lo antedicho, y, sin mediar palabra, comienza a golpear al muchacho que -también se supone- no comparte sus ideas, o sea, que piensa de una forma diferente a la suya, por lo cual merece que se le haga entrar en razón a patadas. Y los medios de comunicación, sin analizar demasiado tal vez, o por oscuras razones que se nos escapan, suavizan la salvajada titulando “antifascista” al fascista de hecho. Cuando menos chocante; ¿o no?