En un pequeño recuadro, un periódico mostraba la noticia, casi con prudente reserva, sin clarines ni redobles, como algunos entendemos que debería haberse hecho. En este mundo de protagonistas sin causa, egoísmos feroces y un deseo casi enfermizo de fotos de familia, o sin familia, de foto simplemente aunque no haya nada que contar porque nada se ha hecho, el ingente trabajo del que se nos informa bien merecería otro tratamiento. O si no, juzguen ustedes mismos.
Norberto Núñez, bibliotecario de la abadía de Santo Domingo de Silos, además del trabajo de clasificar y controlar el estado de las 80.000 monografías y los 200.000 títulos de los que es directo responsable, se conoce que para pasar el rato, se propuso digitalizar e incorporar a la Red 150.000 de esos libros, tarea ingente donde las haya, de la que deberían copiar muchas otras bibliotecas que se suponen al servicio del ciudadano. Pero no sólo llevó a cabo su propósito, sino que, previa solicitud y aprovechando “momentos libres”… Pero ¡hombre de Dios! –y nunca mejor empleado el término- ¿Es que le queda algún momento libre? Pues parece que sí, que encuentra tiempo para, sin coste alguno – y esto es lo más incomprensible para el hombre de la calle, que no mueve un dedo sin cobrar-, enviar la copia del libro solicitado a la dirección del correo del investigador o el curioso que desea consultarlo.
Uno, a la vista de semejante desprendimiento, se formula una estéril e inocente cuestión: ¿Podríamos vivir mejor si la mayoría, o tal vez la mitad, o la tercera parte, o simplemente unos pocos de nosotros actuáramos con igual liberalidad o altruismo? El simple hecho de vivir el día a día es tan oneroso en sí mismo que una mano tendida, venga de donde venga, es un bálsamo que a cualquiera le gustaría recibir, pero, no se sabe por qué, ni se nos plantea dar.
Quede el ejemplo del Padre Norberto, que da sin preguntar y sin pedir nada a cambio.
Norberto Núñez, bibliotecario de la abadía de Santo Domingo de Silos, además del trabajo de clasificar y controlar el estado de las 80.000 monografías y los 200.000 títulos de los que es directo responsable, se conoce que para pasar el rato, se propuso digitalizar e incorporar a la Red 150.000 de esos libros, tarea ingente donde las haya, de la que deberían copiar muchas otras bibliotecas que se suponen al servicio del ciudadano. Pero no sólo llevó a cabo su propósito, sino que, previa solicitud y aprovechando “momentos libres”… Pero ¡hombre de Dios! –y nunca mejor empleado el término- ¿Es que le queda algún momento libre? Pues parece que sí, que encuentra tiempo para, sin coste alguno – y esto es lo más incomprensible para el hombre de la calle, que no mueve un dedo sin cobrar-, enviar la copia del libro solicitado a la dirección del correo del investigador o el curioso que desea consultarlo.
Uno, a la vista de semejante desprendimiento, se formula una estéril e inocente cuestión: ¿Podríamos vivir mejor si la mayoría, o tal vez la mitad, o la tercera parte, o simplemente unos pocos de nosotros actuáramos con igual liberalidad o altruismo? El simple hecho de vivir el día a día es tan oneroso en sí mismo que una mano tendida, venga de donde venga, es un bálsamo que a cualquiera le gustaría recibir, pero, no se sabe por qué, ni se nos plantea dar.
Quede el ejemplo del Padre Norberto, que da sin preguntar y sin pedir nada a cambio.