martes 23 de noviembre de 2010

La caverna

Y hubo una era de bienestar en que nadie, o sólo unos pocos, pasaba hambre, y se podía comprar –y pagar- un refugio para vivir, y los ancianos y enfermos tenían –o casi- cubiertas sus necesidades, y hasta los hijos de los pobres podían estudiar...
Pero los gobernantes vieron que los vasallos, como siempre había ocurrido, no sólo pedían, sino que en muchos casos exigían más y más concesiones, llegando al extremo de creerse con derechos. Las prestaciones sociales generaban gastos ingentes de dinero, que ellos deseaban invertir en otras empresas, algunas inconfesables. Y comenzaron a discurrir que sería necesario hacerles comprender que era imprescindible renunciar, en aras del bien común, a algunas de las ventajas y comodidades de las que disfrutaban. Pero nadie era capaz de encontrar una justificación plausible a esos recortes. Y entonces, uno de aquellos gobernantes, una mujer concretamente, pues la degeneración había llegado al extremo de contar con hembras entre las clases dirigentes, aportó una idea que, aun con las debidas reservas viniendo de quien venía, fue aceptada y puesta en práctica inmediatamente. La inteligente fémina –pues, aunque costara aceptarlo, también había algunas- propuso que, a falta de una guerra que los involucrara a todos y que sería de mal gusto, podían inventarse una crisis.
-¿Y para qué servirá eso? –preguntaron sesudos varones y otras damas de los más respetados y respetadas y antiguos y antiguas. Bueno... esto último sólo ellos, porque ellas se habían hecho unos “arreglitos” y parecían las hijas de sus nietas.
-Pues para que el pueblo, una vez concienciado del problema, esté dispuesto a ceder sus viejos derechos. Porque hay que trabajar más y ganar menos. Empecemos por pasarles las facturas, que ahora no pagan, de las enfermedades que les tratamos; otra cosa es curarlas, pues ya sabéis que nos interesan los enfermos crónicos. Al principio lo haremos como jugando; después, en cuanto se acostumbren a verlas, empezaremos a cobrarlas. Comenzaremos por un 20%, después un 30, tal vez un 50, y cuando lleguemos al 80, si lo sabemos hacer, nos agradecerán poder ahorrarse un 20% del total.
Y así irían recortando pensiones, ayudas, medicamentos a los ancianos, bajarían aún más la exigencia en los colegios e incrementarían hasta un 300% las tasas universitarias. De ninguna manera podían seguir dejando el conocimiento al alcance de cualquiera. Los estudios y los títulos hacían que las gentes se creyesen mucho más de lo que eran y esto los volvía ingobernables.
Desde luego, sería necesario mantener unos mínimos de supervivencia. El pueblo, por miedo a la temible crisis, lo aceptaría y, poco a poco, se iría adaptando a su nueva vida. Entonces, los gobernantes podrían hacer su santa voluntad, porque sólo unos pocos, a los que ya se encargarían de mantener contentos y callados, estarían capacitados para protestar. Pero como eran muy humanos y no podían olvidar que la plebe tiene su corazoncito, los conectarían. Los conectarían con mundos ficticios que los apartaran de una realidad que, si percibieran claramente, los podría horrorizar. Televisión que fomentara sus más bajos instintos y pulsiones; drogas y botellones que les dieran sensación de libertad; juegos en 3D que les hicieran vivir mundos imaginarios, etc. Habría opciones diferentes para públicos diferentes, pero siempre cuidando de que la información que recibieran no enseñara, de que se mantuvieran en la ignorancia y, sobre todo, de que no pensaran. Los conectarían por hilos invisibles: mando a distancia, wifi, bluetooth, ruters inalámbricos. Y, desde luego, los alimentarían, cada vez peor, pero no dejarían de hacerlo. Crearían marcas blancas, de las cuales nadie sabría su procedencia ni componentes, pero a un precio que les permitiera sobrevivir. No sería necesario meterlos en tanques de líquido, pero ya los tendrían conectados e intubados; sin pensar y produciendo. Mátrix. Y el sistema estaría tan bien diseñado que si soltaran los cables y los tubos, se encontrarían solos y sin posibilidad de supervivencia.
Y hoy todos contemplan, hechizados, los movimientos de la sombra de “La nueva Princesa del Pueblo”, tan vacía como la primera, pero con mucha menos clase.