¿Hasta dónde nos llevará la permisividad? ¿Tan difícil para algunos es entender que las libertades también tienen fronteras?
Más de cinco mil personas han firmado una petición al Gobierno para que indulte a una mujer que roció con gasolina a un hombre y luego le prendió fuego. Y es muy posible que la mayoría de nosotros, de haber sido requeridos, también habríamos firmado. ¿Por qué esta discrepancia entre los poderes y el pueblo?
Los hechos ocurrieron el 13 de junio del 2005, en Benejúzar (Alicante). Al parecer, la mujer esperaba el autobús, cuando el violador de su hija de trece años, que disfrutaba de un permiso penitenciario, se le acercó para, cínicamente, preguntarle cómo se encontraba la pequeña. Luego, sin esperar respuesta, se dirigió, seguramente satisfecho de su desafío, a un bar próximo. Sabemos que la madre, dolida ya por el atropello sufrido por su niña, no pudo superar el descaro y, tomando un recipiente con gasolina, se dirigió al bar.
Creo que no hace falta preguntarse por los motivos de la mujer. Pero lo que uno, por mucho que se esfuerce, no alcanza a entender, es la actitud chulesca del canalla que, lejos de estar avergonzado y contrito con su proceder, parecía presumir de su terrible acto, hasta el extremo de reírse del dolor de una madre, que sabe que su niña nunca volverá a serlo, porque a perdido para siempre la confianza en los seres humanos, a los que ha visto en su peor faceta, empujados por una parte oscura y terrible, que una educación laxa y una falta de control sanitario o policial no están siendo capaces de controlar para permitir la convivencia social.
¿Qué ocurrió para que ese hombre no fuera consciente de su criminal acto? Tal vez nadie se lo hubiera hecho ver, o tal vez el fuera incapaz de entenderlo.
En el primer caso, algo falla en el proceso judicial, que no sirve siquiera para concienciar a los delincuentes de sus faltas; en el segundo, estaríamos hablando de un enfermo y como tal debería haber sido tratado.
Pero esas son demasiadas obligaciones para unos gobernantes desbordados por problemas más serios y urgentes, como imprimir miles de folletos con el mapa del clítoris, subvencionar la traducción de varias lenguas entre personas que se entienden a la perfección con una sola, abrir en el extranjero embajadas de un país inexistente, o diseñar estrategias para la continua situación preelectoral en la que este país se encuentra.
Estos son los grandes temas; los otros, los que destrozan la vida de las gentes del montón, no les interesan y se dejan para que el tiempo, que es el mejor lenitivo, se encargue de ellos.
Más de cinco mil personas han firmado una petición al Gobierno para que indulte a una mujer que roció con gasolina a un hombre y luego le prendió fuego. Y es muy posible que la mayoría de nosotros, de haber sido requeridos, también habríamos firmado. ¿Por qué esta discrepancia entre los poderes y el pueblo?
Los hechos ocurrieron el 13 de junio del 2005, en Benejúzar (Alicante). Al parecer, la mujer esperaba el autobús, cuando el violador de su hija de trece años, que disfrutaba de un permiso penitenciario, se le acercó para, cínicamente, preguntarle cómo se encontraba la pequeña. Luego, sin esperar respuesta, se dirigió, seguramente satisfecho de su desafío, a un bar próximo. Sabemos que la madre, dolida ya por el atropello sufrido por su niña, no pudo superar el descaro y, tomando un recipiente con gasolina, se dirigió al bar.
Creo que no hace falta preguntarse por los motivos de la mujer. Pero lo que uno, por mucho que se esfuerce, no alcanza a entender, es la actitud chulesca del canalla que, lejos de estar avergonzado y contrito con su proceder, parecía presumir de su terrible acto, hasta el extremo de reírse del dolor de una madre, que sabe que su niña nunca volverá a serlo, porque a perdido para siempre la confianza en los seres humanos, a los que ha visto en su peor faceta, empujados por una parte oscura y terrible, que una educación laxa y una falta de control sanitario o policial no están siendo capaces de controlar para permitir la convivencia social.
¿Qué ocurrió para que ese hombre no fuera consciente de su criminal acto? Tal vez nadie se lo hubiera hecho ver, o tal vez el fuera incapaz de entenderlo.
En el primer caso, algo falla en el proceso judicial, que no sirve siquiera para concienciar a los delincuentes de sus faltas; en el segundo, estaríamos hablando de un enfermo y como tal debería haber sido tratado.
Pero esas son demasiadas obligaciones para unos gobernantes desbordados por problemas más serios y urgentes, como imprimir miles de folletos con el mapa del clítoris, subvencionar la traducción de varias lenguas entre personas que se entienden a la perfección con una sola, abrir en el extranjero embajadas de un país inexistente, o diseñar estrategias para la continua situación preelectoral en la que este país se encuentra.
Estos son los grandes temas; los otros, los que destrozan la vida de las gentes del montón, no les interesan y se dejan para que el tiempo, que es el mejor lenitivo, se encargue de ellos.