Veganos, una palabra nueva para definir otra forma de fanatismo. Ahora resulta que una porción de “elegidos” juegan a ser dioses. Deciden qué seres de los que pueblan la tierra pueden o no ser designados para morir, dentro de la cadena alimentaria.
¿En qué se basan estos nuevos amos de la creación para señalar quién debe vivir o morir? ¿Qué parámetros –dentro de nuestra supina ignorancia- manejan para conocer cuáles son los “seres sintientes”? ¿Qué significa ser “sintiente”? ¿Por qué es más “sintiente” un pollo que una lechuga? ¿Dónde está escrito? ¿Quién lo ha estudiado o experimentado?
Esta especie nuestra es tan soberbia que ni siquiera es consciente de cuánto ignora.
Y aquí surge una pareja de esos extremistas que, a falta de verdades con mayúsculas, que nadie poseemos, se inventan una nueva religión –y digo religión, que no filosofía, pues sólo el sentimiento religioso puede llevar al martirio- para cubrir esa parte espiritual que anda a la deriva en este mundo en que sólo la materia impera. Y con entrega y convencimiento, nacidos de su absoluta ignorancia y desorientación, llevan a la muerte a su hija de once meses, víctima inocente, sacrificada a un nuevo dios que llene el vacío creado por nuestro presente empeño en negar, por atrasado y caduco, el principio que asegura que el hombre es algo más que un azar. Lo que ahora se lleva –porque la ciencia también es una moda- es hacer surgir al universo de una explosión de algo que no era, en un lugar que no estaba. Y aquel que no lo crea, o simplemente lo ponga en duda, es un atrasado ignorante o, mucho peor, un ser con una parte espiritual obsoleta.
Entonces aparecen “listos” dispuestos a ofrecer soluciones en forma de sueños que llenen esa necesidad que todos tenemos, pero la cual nos empeñamos en negar. Lo consiguen casi siempre, porque lo estamos deseando, porque la angustia nos ahoga, porque no vemos escapatoria. Nos lo creemos y matamos a nuestra hija de hambre en nombre de un falso dios que, en este caso, se llama Vegano.