lunes 6 de junio de 2011

Naipaul: resentimiento y misoginia

Naipaul, el hindú nacido en Trinidad en 1932, premio Nobel del año 2001, ha manifestado en una entrevista que “no cree” que exista ninguna mujer, ni viva ni muerta, que posea méritos literarios que puedan estar a su altura. Según él, todas escribimos con “sentimentalismo y estrechez de miras”.
¿Cómo debería llamarse al impulso que lo llevó a un intento de suicidio a la muerte de su padre? ¿No es eso sentimentalismo o tal vez sólo inmadurez? Tanto que, para liberarse de sus fantasmas, necesitó escribir “Una casa para el señor Biswas”, que, con ser una obra maestra, nos cuenta la historia de un periodista autodidacta –como su progenitor- que lucha por hacerse un lugar en el mundo. Y ahí, en esa conmovedora historia, se habría acabado su obra si los viajes no le hubieran abierto otros horizontes sobre los que contar siempre sus propias experiencias, con una visión muy lúcida y de gran belleza estilística, de la discriminación, la pobreza y la desgracia de sus compatriotas, de los que, inconscientemente o no tanto, busca alejarse, “queriendo ser más inglés que los propios ingleses”, repudiando sus raíces, como puede verse en su novela “El enigma de la llegada” (1987), en la que, sin demasiado esfuerzo, reconocemos al autor en el joven que llega a Inglaterra y se va transformando en escritor.
Siempre fue genial pero arrogante, cubriendo así, probablemente, sus problemas de relación con la sociedad y particularmente con las mujeres, aunque fuera una fémina, Pat, quien lo ayudó en sus momentos más bajos y a la que pagó -como el mismo ha admitido: “puede decirse que yo la maté”- empujándola a la muerte, al reconocer en público que, durante su matrimonio, le había sido infiel repetidamente. Esa fue la culminación de una vida que se había dedicado a machacar, apartándola de su carrera de teatro y sometiéndola a frustraciones y vejaciones constantes. Simultaneaba su matrimonio, además de sus relaciones ocasionales, con una amante habitual. “Tenía lo que quería, una madre en casa y una puta en Sudamérica”, a la que maltrataba también físicamente, hasta el extremo de que “me empezó a doler la mano... la tenía hinchada”.
¿Qué propicia la misoginia de Naipaul? Tal vez el resquemor de ser siempre un extranjero en todas partes, con el delator color de su piel, que ni siquiera sus brillantes capacidades podían cubrir. Llamar la atención, a pesar de que asegure que “no me afecta en lo más mínimo lo que la gente piense de mí”, se ha convertido en el objetivo de su vida. Y nunca tiene bastante. No es suficiente que los “blancos”, a los que envidia, hayan reconocido sus valores. Eso es algo positivo y él lo que desea es dañar porque sus primeros años estuvieron marcados por su frustración de inmigrante. Entonces, como niño que era, la agresividad fue su forma de expresión y ninguna satisfacción ni amor, de los muchos con que le compensó la vida, fueron suficientes para hacerlo madurar, olvidando su color y sus orígenes, a los que nadie, a no ser el mismo, da importancia.
Es triste que la infancia pueda decidir toda una vida si, como en este caso, es para volver a una persona tan capaz, sorda, ciega e insensible hacia un entorno que lo ha amado sin tener en cuenta sus orígenes y sin ver siquiera su color.
Aunque creo que es demasiado tarde y casi imposible, te deseo, Naipaul, que llegues a entender las diferencias y a perdonarte por las tuyas propias, encontrando la paz.