Número dedicado a don Antonio Viñayo, Abad Emérito de la Real Colegiata de San Isidoro de León
Texto de mi intervención:
Quiero agradecer a la Casa de León en Madrid, en la persona del Presidente de su Consejo Superior, Cándido Alonso Hidalgo, el encargo de colaboración en este libro que hoy presentamos. La escribí con satisfacción y con el cariño y respeto que siempre he sentido por el gran hombre, tan alto en virtudes y tan cercano como ser humano, que hoy nos convoca.
Seguramente, personas más próximas a él, o con mayores méritos que yo, podrían citar las obras y múltiples logros que, a lo largo de su fecunda vida, ha conseguido en el desarrollo de su infatigable labor. Pero creo que eso, con parecer una tarea ingente, podría ser más sencillo que pretender definir la personalidad de nuestro don Antonio. Y digo “nuestro” porque él se nos ha dado siempre, y los leoneses y todo aquel que se le ha acercado lo hemos tomado como representación del padre, maestro y amigo que soñamos alguna vez encontrar y que en un mundo de egoísmos y ambiciones particulares es muy difícil –por no decir imposible- tener.
Lejos de pretender retratar al Abad Emérito de San Isidoro, busco, a través de mis experiencias con él, dar una visión que, siendo personal, creo que podría compartir con muchos otros.
Llegué a don Antonio, como la mayoría, a pedir. No lo conocía personalmente, aunque sí por algunas de sus obras y, sobre todo, por su amor a San Isidoro y, a través de él, a todo lo leonés. Temía que aquella imponente personalidad que había visto de lejos me mirara como a una mosca molesta, si es que se dignaba recibirme. Acababan de premiar mi primera novela, El velo, y yo quería que don Antonio la leyera, para que él, el mayor experto de esa época en León, la analizara y me informara de posibles errores. Como pueden ver, mi osadía era grande. Iba a pedir a una persona desconocida y que probablemente sería la más ocupada de todo León, que criticara mi modesto trabajo.
En aquella visita quedé absolutamente, y para siempre, subyugada por la gran figura que, llena de humildad, sabía descender hasta cualquier altura para colocarse frente a frente a su interlocutor. Sus profundos conocimientos, su generosidad, su buen humor, siempre socarrón, me conquistaron en aquella primera entrevista y en las muchas que siguieron después.
Hoy, que la enfermedad y los años han apartado a su persona de estos vetustos muros, y a pesar de que él asegura no tener ya “nada que dar”, para mí, y estoy convencida de que para muchos, San Isidoro será siempre don Antonio, y su vida y su obra estarán dispuestas para acompañarnos y orientarnos, no sólo a sus contemporáneos, también a los que vengan después, quienes, a poco que se fijen, lo verán marchar por estos interminables pasillos, que han quedado impregnados para la eternidad de su amor incondicional.
Y termino como empecé, agradeciendo. Quiero dar las gracias por la vida y la presencia de don Antonio entre nosotros; por su extensa e intensa labor pastoral; por su profunda humanidad y por su constante trabajo, que ha conseguido hacer brillar nuestro templo más emblemático con el resplandor que imaginaron para él los reyes leoneses y, sobre todo, nuestras Elviras, Teresas, Urracas y Sanchas, las recordadas infantas que se ocuparon en primera persona de San Isidoro y que, por el amor que don Antonio siempre les ha tenido, consiguieron que, por única vez y sin perder la sonrisa, me regañara un día, por no haber tratado a “mis infantas”, me dijo, con el apasionado cariño con que él las veía.
Gracias don Antonio por vivir para entregarse.
Texto de mi intervención:
Quiero agradecer a la Casa de León en Madrid, en la persona del Presidente de su Consejo Superior, Cándido Alonso Hidalgo, el encargo de colaboración en este libro que hoy presentamos. La escribí con satisfacción y con el cariño y respeto que siempre he sentido por el gran hombre, tan alto en virtudes y tan cercano como ser humano, que hoy nos convoca.
Seguramente, personas más próximas a él, o con mayores méritos que yo, podrían citar las obras y múltiples logros que, a lo largo de su fecunda vida, ha conseguido en el desarrollo de su infatigable labor. Pero creo que eso, con parecer una tarea ingente, podría ser más sencillo que pretender definir la personalidad de nuestro don Antonio. Y digo “nuestro” porque él se nos ha dado siempre, y los leoneses y todo aquel que se le ha acercado lo hemos tomado como representación del padre, maestro y amigo que soñamos alguna vez encontrar y que en un mundo de egoísmos y ambiciones particulares es muy difícil –por no decir imposible- tener.
Lejos de pretender retratar al Abad Emérito de San Isidoro, busco, a través de mis experiencias con él, dar una visión que, siendo personal, creo que podría compartir con muchos otros.
Llegué a don Antonio, como la mayoría, a pedir. No lo conocía personalmente, aunque sí por algunas de sus obras y, sobre todo, por su amor a San Isidoro y, a través de él, a todo lo leonés. Temía que aquella imponente personalidad que había visto de lejos me mirara como a una mosca molesta, si es que se dignaba recibirme. Acababan de premiar mi primera novela, El velo, y yo quería que don Antonio la leyera, para que él, el mayor experto de esa época en León, la analizara y me informara de posibles errores. Como pueden ver, mi osadía era grande. Iba a pedir a una persona desconocida y que probablemente sería la más ocupada de todo León, que criticara mi modesto trabajo.
En aquella visita quedé absolutamente, y para siempre, subyugada por la gran figura que, llena de humildad, sabía descender hasta cualquier altura para colocarse frente a frente a su interlocutor. Sus profundos conocimientos, su generosidad, su buen humor, siempre socarrón, me conquistaron en aquella primera entrevista y en las muchas que siguieron después.
Hoy, que la enfermedad y los años han apartado a su persona de estos vetustos muros, y a pesar de que él asegura no tener ya “nada que dar”, para mí, y estoy convencida de que para muchos, San Isidoro será siempre don Antonio, y su vida y su obra estarán dispuestas para acompañarnos y orientarnos, no sólo a sus contemporáneos, también a los que vengan después, quienes, a poco que se fijen, lo verán marchar por estos interminables pasillos, que han quedado impregnados para la eternidad de su amor incondicional.
Y termino como empecé, agradeciendo. Quiero dar las gracias por la vida y la presencia de don Antonio entre nosotros; por su extensa e intensa labor pastoral; por su profunda humanidad y por su constante trabajo, que ha conseguido hacer brillar nuestro templo más emblemático con el resplandor que imaginaron para él los reyes leoneses y, sobre todo, nuestras Elviras, Teresas, Urracas y Sanchas, las recordadas infantas que se ocuparon en primera persona de San Isidoro y que, por el amor que don Antonio siempre les ha tenido, consiguieron que, por única vez y sin perder la sonrisa, me regañara un día, por no haber tratado a “mis infantas”, me dijo, con el apasionado cariño con que él las veía.
Gracias don Antonio por vivir para entregarse.