sábado 4 de junio de 2011

Pretty women

Es absolutamente incomprensible, ¿o no? Se supone que vivimos un momento en el que las mujeres son tan independientes que, para parecerlo, emulan a los hombres en sus comportamientos, lo cual no es más que otra forma de machismo, que lo único que consigue es facilitar los impulsos y deseos masculinos. Pero de eso no parece darse cuenta nadie y las féminas comparten su dinero, su tiempo y sus gustos –o eso quieren hacer creer a sus “chicos”- donde y como quieren los hombres; léase: partidos de fútbol, concentraciones de moteros, botellones... y, sobre todo, camas. Camas a todas horas, en todo momento, sin seleccionar ni elegir. Típico comportamiento varonil. Y aseguran, además, que están encantadas porque eso es libertad y realización.
Y entonces se emite por 15ª vez en televisión Pretty Woman. La historia más machista e insultante para la dignidad femenina que se ha inventado después de Cenicienta –claro que, en este último caso hablamos de épocas “atrasadas, incultas y anticuadas” en que la mujer era adoctrinada para besar la mano que le daba de comer-. Pero ¿qué ocurre ahora para que 3,5 millones de espectadores –en 1994 la vieron 9.223.000 personas- vuelvan a extasiarse ante la manoseada historia del omnipotente hombre que, magnánimo, tiende la mano a la descarriada o inculta o hambrienta fémina, para elevarla casi a su altura, salvándola del cieno o del error –estúpida o débil ella- en que se mueve? Y claro, a la desorientada chica no se le ocurre decir que no necesita limosnas porque tiene dos manos, dos piernas y una cabeza pensante con las que defenderse y trazarse una vida. No. Deshaciéndose en lágrimas de agradecimiento, con la cabeza baja y los hombros hundidos, aceptará la mano tendida y subirá un par de escalones, siempre uno al menos por debajo de su salvador, y desde allí lo seguirá como un perro fiel a los susodichos partidos de fútbol, “moteradas” o botellones que el desee acudir, le reirá las gracietas y asegurará estar encantada con la posibilidad vital que se le ha presentado. Este argumento, con más o menos florituras, es el que nos cuenta la película y todos y todas babeamos ante la original trama.
Se entiende muy bien que a los hombres les guste la figura del macho alfa que desciende a salvar, pero ¿qué ocurre para que a las mujeres les agrade hasta el punto de ver la película una y otra vez? ¿Deberíamos quizá plantearnos que estamos programadas para servir, o la filosofía machista, a fuerza de repetir sus premisas, ha conseguido implantarse ya en el inconsciente de las féminas, hasta el punto de evitar que piensen por sí mismas?
Desde luego, algo muy serio está pasando para que estas supuestas feministas modernas se extasíen, como lo hicieron sus bisabuelas, ante un edulcorado refrito de Cenicienta.