jueves 23 de junio de 2011

Vivir en un cementerio

Si las llamadas residencias de ancianos no fueran de por sí suficientemente tristes -aunque, por otra parte, por muchas razones que no vienen al caso, necesarias- aparecen responsables de tales centros, que por supuesto no se ocupan del bienestar psicológico de sus acogidos, pero que, además, ignoran sus básicas necesidades físicas.
Observando estas circunstancias “excepcionales y puntuales”, como las ha definido el gerente de Servicios Sociales de la Junta de C. y León en Zamora, uno es completa y definitivamente consciente de la degeneración a la que está llegando nuestra sociedad.
Hubo un tiempo en que algunos pensábamos que el trabajo, la cultura y las libertades nos conseguirían un estado de bienestar en el que, al menos los más débiles: ancianos, enfermos, mujeres... estarían protegidos y sus necesidades básicas cubiertas –no he dicho niños porque, excepto los que dependen de canallas, suelen encontrarse más amparados-. Y ahora, con la experiencia de los años transcurridos, comprobamos con asombro que nuestros políticos, elegidos por “un pueblo sabio” –como ellos se encargan de denominarnos antes de las elecciones-, no sólo no se molestan en mirar hacia esas personas débiles, desorientadas y de escaso o nulo poder adquisitivo, sino que pueden ser algunos de ellos mismos los encargados de convertirse en verdugos y explotadores de los menos favorecidos.
En este caso, el honorable señor alcalde -que, por cierto, acaba de ser reelegido- de un pueblo de Zamora cobraba por cobijar y poco más a 16 viejos que de él dependían. Los servicios que ofrecía eran tan deficitarios que hasta era necesario transportar el agua a calderos; no es difícil imaginar la higiene de la que disfrutarían sus internos –no pretendo dar un doble sentido a la palabra- y las dependencias del edificio. Y claro, los Servicios Sociales de la Junta, fiados, tal vez, en que el propietario era “uno de los suyos” –que tanto da el color-, o por pura incuria, ya que se trata de ancianos que no sólo no producen, sino que se llevan una mísera pensión que podría utilizarse en otros usos mucho más productivos: otro coche oficial, un consejero más, un traductor de lenguas peninsulares..., sin ir más lejos. Pues eso, que se habían olvidado de inspeccionar el centro, cuyo propietario, ocupado seguramente en potenciar o defender su cargo, se olvidó, él también, de que se había responsabilizado de 16 ancianos, que dependían de sus cuidados para casi todo.
Una sociedad que no mima a sus mayores, ofreciéndoles atenciones -sin pedir demasiado- dignas, no puede tener futuro. Ellos son la experiencia y el soporte en que nos apoyamos, sin mostrarles más agradecimiento que unas pocas residencias dependientes del Estado, por aquello de la imagen. Nos han dado todo y nos permitimos olvidarlos en un cementerio de muertos vivientes, en que un político, como en este caso, u otro cualquiera, los hacina, explotando la miseria en su beneficio.
¿Cuántas situaciones como ésta permanecen ignoradas detrás del silencio de la resignación?