El optimismo está de moda y, como todas las filosofías, religiones o simplemente ideas que algún “iluminado” ha tenido a lo largo de la historia conocida de la humanidad, se quiere imponer a todos. Cierto es que ahora al que se declara deprimido, enfermo, o simplemente triste, no se le echa a los leones ni se le confina en una mazmorra llena de ratas e insectos, pero se le castiga con la frasecita: “¡Qué negativo eres!” o esa otra de “¡Hay que ser positivo!”. Algunos de los muchos que están viviendo en estos momentos una experiencia traumática la reciben como un rodillazo en los testículos, ellos, o un puñetazo en el estómago, ellas. Hago esta aclaración por aquello del “todos y todas”.
¿Cómo se puede pedir a un responsable o “responsabla” familiar que se ha quedado sin trabajo que sea optimista? Lo ideal, según los seguidores de estas nuevas doctrinas que, ¡cómo no! nos llegan de EE.UU, sería que considerara su situación como “una oportunidad” para emprender ese negocio que nunca se atrevió a poner en marcha, para escribir el libro que tiene en la cabeza desde hace décadas, o para cambiar su ocupación por otra más gratificante o rentable.
Pero ¡vamos a ver! ¿Es que pensamos que la gente es idiota? Cuando un parado se deprime es porque ha comprobado que sus posibilidades de volver al mundo laboral, bien por su edad o capacidades o por la gestión desastrosa de los responsables económicos y políticos que han conducido a su país al umbral de la pobreza, son prácticamente nulas. Yo, personalmente, le aconsejo que lo de escribir un libro, si no es periodista de éxito, amante de algún famosillo o, simplemente, hijo o hija de papá o mamá, no pierda el tiempo en ello porque no va a encontrar editorial que se lo publique, aunque fuera más profundo, divertido y simbólico que El Quijote.
Otro problema, por desgracia muy común, y que los pesimistas no saben tratar en absoluto, son las enfermedades en las que no sólo está en juego su vida sino que han de soportar sufrimientos sin cuento. Según estos apóstoles de la hipocresía y la mentira hasta con uno mismo, el dolor es una experiencia que hace crecer, disfrutar más de la vida y de las gentes que amamos y hasta puede llegar a ofrecernos la posibilidad de ser mejores.
¿Crecer? ¿Disfrutar? ¿Ser mejores? ¿Cuándo? Quizá mientras se soportan horas de agresivo tratamiento, inmóvil en un sillón. Puede que en el mismo momento en que el sádico galeno, obedeciendo también a las nuevas tendencias, con absoluta frialdad e indiferencia, anuncia que la enfermedad es gravísima y que van a tratarla porque deben hacerlo, no porque esperen resultados brillantes. Es posible que haya un resquicio de disfrute cuando toda la familia esté al corriente y, resignados, ellos y ellas acudan a dar fugaces besitos o palmaditas en los hombros huesudos y quebradizos. Sí. En ese momento uno puede pensar que importa a alguien, si no tiene buen oído y los oye comentar en el pasillo aquello de “para estar así, es preferible que muera”. Se apoyan estos compasivos familiares, sin duda, en la autorizada, y por demás idiota, opinión de Carl Sagan, quien, padeciendo la temida enfermedad terminal, aseguró: “Estar casi a punto de morir es una experiencia tan positiva y fortalecedora del carácter que yo la recomendaría”. Ignoro a quién se refería. Puede que a los ya enfermos, a los sanos o, incluso, a los propios muertos. Desde luego, no dejó lugar a dudas; estaba muy bien amaestrado, era americano.
Por supuesto, lo ideal sería no dejarse derrotar, ni siquiera en casos extremos, y estoy segura de que la mayoría lo hace, o lo hacemos –yo, desde luego, sigo escribiendo-. Pero lo de cantar marchas militares y caminar hacia el cadalso con indiferencia espartana me parece un despropósito, además de una total falta de empatía con la desgracia y el sufrimiento ajenos. Quizás ahí esté el meollo de todo este absurdo montaje del optimismo. Nuestra sociedad muelle y hedonista no está dispuesta a sufrir. Por eso exige al desgraciado que sonría y al terminal que, mientras aún pueda pensar, elija la cremación, para que ni siquiera debamos acudir, una vez al año, con un puñado de flores, al cementerio.
¿Cómo se puede pedir a un responsable o “responsabla” familiar que se ha quedado sin trabajo que sea optimista? Lo ideal, según los seguidores de estas nuevas doctrinas que, ¡cómo no! nos llegan de EE.UU, sería que considerara su situación como “una oportunidad” para emprender ese negocio que nunca se atrevió a poner en marcha, para escribir el libro que tiene en la cabeza desde hace décadas, o para cambiar su ocupación por otra más gratificante o rentable.
Pero ¡vamos a ver! ¿Es que pensamos que la gente es idiota? Cuando un parado se deprime es porque ha comprobado que sus posibilidades de volver al mundo laboral, bien por su edad o capacidades o por la gestión desastrosa de los responsables económicos y políticos que han conducido a su país al umbral de la pobreza, son prácticamente nulas. Yo, personalmente, le aconsejo que lo de escribir un libro, si no es periodista de éxito, amante de algún famosillo o, simplemente, hijo o hija de papá o mamá, no pierda el tiempo en ello porque no va a encontrar editorial que se lo publique, aunque fuera más profundo, divertido y simbólico que El Quijote.
Otro problema, por desgracia muy común, y que los pesimistas no saben tratar en absoluto, son las enfermedades en las que no sólo está en juego su vida sino que han de soportar sufrimientos sin cuento. Según estos apóstoles de la hipocresía y la mentira hasta con uno mismo, el dolor es una experiencia que hace crecer, disfrutar más de la vida y de las gentes que amamos y hasta puede llegar a ofrecernos la posibilidad de ser mejores.
¿Crecer? ¿Disfrutar? ¿Ser mejores? ¿Cuándo? Quizá mientras se soportan horas de agresivo tratamiento, inmóvil en un sillón. Puede que en el mismo momento en que el sádico galeno, obedeciendo también a las nuevas tendencias, con absoluta frialdad e indiferencia, anuncia que la enfermedad es gravísima y que van a tratarla porque deben hacerlo, no porque esperen resultados brillantes. Es posible que haya un resquicio de disfrute cuando toda la familia esté al corriente y, resignados, ellos y ellas acudan a dar fugaces besitos o palmaditas en los hombros huesudos y quebradizos. Sí. En ese momento uno puede pensar que importa a alguien, si no tiene buen oído y los oye comentar en el pasillo aquello de “para estar así, es preferible que muera”. Se apoyan estos compasivos familiares, sin duda, en la autorizada, y por demás idiota, opinión de Carl Sagan, quien, padeciendo la temida enfermedad terminal, aseguró: “Estar casi a punto de morir es una experiencia tan positiva y fortalecedora del carácter que yo la recomendaría”. Ignoro a quién se refería. Puede que a los ya enfermos, a los sanos o, incluso, a los propios muertos. Desde luego, no dejó lugar a dudas; estaba muy bien amaestrado, era americano.
Por supuesto, lo ideal sería no dejarse derrotar, ni siquiera en casos extremos, y estoy segura de que la mayoría lo hace, o lo hacemos –yo, desde luego, sigo escribiendo-. Pero lo de cantar marchas militares y caminar hacia el cadalso con indiferencia espartana me parece un despropósito, además de una total falta de empatía con la desgracia y el sufrimiento ajenos. Quizás ahí esté el meollo de todo este absurdo montaje del optimismo. Nuestra sociedad muelle y hedonista no está dispuesta a sufrir. Por eso exige al desgraciado que sonría y al terminal que, mientras aún pueda pensar, elija la cremación, para que ni siquiera debamos acudir, una vez al año, con un puñado de flores, al cementerio.