martes 27 de septiembre de 2011

Los nuevos héroes

Decía un camionero que acababa de salvar a un joven de morir entre las llamas de su coche accidentado que “los héroes no existen”.
Estoy de acuerdo con él, los héroes no existen; los grandes héroes, los de epopeyas o novelas. Los pequeños, los de todos los días sí que existen; están ahí, mejor aquí, alrededor, encima o debajo de nosotros, porque pueden ser el vecino del quinto o la vecina del primero. ¿Cómo si no podríamos llamar al camionero? Él expuso su vida, pues el coche en llamas podría haber explotado. Rompió el cristal a patadas -¡Ya hay que patear con fuerza y coraje!- y extrajo, o excarceló, como se dice ahora- al chico que había quedado atrapado en el vehículo.
¿Qué nombre podríamos dar al padre o madre de familia que está en paro? Los vemos salir cada mañana, pateando la ciudad en busca de una posibilidad, un amigo, un sueño al fin, que saque a sus pequeños de la incipiente indigencia.
¿Y a los abuelos? Esos ancianos que comparten su vieja vivienda y su exigua paga con hijos y nietos necesitados de un techo y un plato caliente. El hombre pasea a los niños, mientras la mujer hace números en los mercados, buscando los alimentos que llenen las bocas y, si es posible, nutran sin salirse del presupuesto. Y no estoy hablando de la posguerra; esto ocurre en el presente, aunque nos empeñemos en ignorarlo por aquello de “no ser patriotas”.
Hay otros héroes, mal que le pese al camionero. Puede llamarse así al que marchando por una acera, presuroso por sus ocupaciones, ve caer a un niño desde una ventana y, sin pararse a evaluar las consecuencias, tiende sus brazos, que como una cuna amorosa salvan la vida del pequeño. O aquellos otros jóvenes, que tal vez de cháchara o de camino también, observan el humo que sale de una vieja vivienda. Alguien apunta que dentro están una pareja de ancianos o quizá una mujer y su hijo o... ¡qué más da! unos seres humanos necesitados de ayuda, y se las ingenian para trepar por la fachada, entrar en el piso siniestrado y sacar a las posibles víctimas, que más tarde esperan sentados, arropados por mantas que algún vecino se apresuró a levantar de su propia cama, la llegada de las ayudas oficiales.
¡Ya lo creo que hay héroes! Cada uno de nosotros es o puede ser un héroe. Sólo con dejar que esa parte que mantenemos a raya, casi escondida y ahogada, salga y se manifieste para el bien de todos. Y no es necesario que nos convirtamos en protagonistas de una epopeya o que ganemos el mundial de fútbol. Al lado, justo al lado, tenemos algo o alguien que necesita de nosotros, y a veces ni siquiera hay que jugarse la vida o compartir dineros; con un poco de tiempo y entrega, escuchando simplemente, también podemos ser héroes.
El hogar, el barrio, la ciudad, el país, el mundo, son nuestro reflejo. Sin “falsos buenismos”, con los pies en el suelo, hay tarea para todos y, no sé si por suerte o por desgracia, cada vez más. Sólo hay que querer; todos podemos ser héroes y, si llega un tiempo en que dejemos de correr detrás del viento, hasta se contarán nuestras pequeñas hazañas en nuevos filandones y con nuestros nombres nacerán otras leyendas.