jueves 29 de diciembre de 2011

Paquirrín, Princesa del pueblo

Más de lo mismo. Parece que ya está confirmado que esta vez Belén Esteban ha cedido gentilmente su puesto de “Princesa del pueblo”, para esta Navidad, a Paquirrín y su señora madre.
¿Qué le está ocurriendo a un país que se extasía ante semejantes modelos humanos?
Los responsables de las cadenas de TV no son tontos –remedando la, por demás, imaginativa frase publicitaria- y nos dan aquello que nos gusta. Y parece ser que los hechos o los protagonistas que gozan de mayor audiencia son los más zafios, ignorantes, vacíos y un montón de adjetivos a cual más ignominioso que, por prudencia y por no contribuir al fangoso morbo en que chapoteamos, me reservo.
Una vez escuché a uno de los mal llamados integrantes del -por otra parte inexistente, o casi- mundo de la cultura, que él no deseaba “de ninguna manera ser paternalista y enseñar nada a nadie”. Y en esas estamos: rehuyendo el reprobado paternalismo y evitando por todos los medios enseñar algo provechoso en algún sentido a los que tienen tiempo y ganas de sentarse ante su televisor. No ilustramos ni educamos ni siquiera exponemos; antes bien, acompañamos, o más bien empujamos, a los televidentes a refocilarse en sus más bajos instintos, consiguiendo que encuentren en esos tipos que les presentamos algunos o tal vez muchos de sus propios defectos. Así logramos que no los vean como tales y traten de superarlos y crecer como personas, antes bien, quedarán justificados y hasta se sentirán orgullosos porque son “igualitos que Belén o Paquirrín”. No hay más que observar la calle o los lugares públicos para darse cuenta de hasta qué punto está calando en las gentes la chabacanería, la ordinariez y, lo que es mucho más grave, la falta de respeto por los demás. Pero hubo un tiempo en que al saltarse las normas se le llamó “honestidad” –no me lo estoy inventando; yo lo viví y las gentes de mi generación, a poco que hagan memoria lo recordarán-. Y de esa “honestidad” llegó el cultivo de los llamados bajos instintos, que no quiero juzgar como negativos porque tienen su momento e incluso, en casos concretos, su necesidad, pero con los que es muy difícil, por no decir imposible, convivir. Y una sociedad, por muchas libertades que esté dispuesta a conceder –cosa que debería ser discutible, ya que lo individual en muchas ocasiones choca con lo colectivo- debe prestar atención a su desarrollo, se supone que buscando mejorar, y eso se conquista con la educación, poniendo al alcance de los cómodos o abúlicos lo que sería deseable conseguir para el bien de todos. Sí, ya sé. Las libertades y tal... Pero ¿dónde queda la libertad del resto de los ciudadanos que sí quieren instruirse? Porque aunque haya quien cree que no existen, les aseguro que están ahí, ávidos de conocimientos y de expansiones artísticas o incluso espirituales. Si no queremos que suene a adoctrinamiento, llamémoslo sugerencia de lo bueno o lo conveniente y evitemos el elogio de lo grosero o inútil. Creo que la comunidad debe al menos presentar –ya que no inculcar- modelos dignos de emulación, hechos o personas que aporten algo positivo al crecimiento individual o colectivo. Porque, si eso no es adecuado por paternalista ¿no deberíamos replantearnos la educación obligatoria? Tal vez sería conveniente, siguiendo ese empacho de libertades mal entendidas, acabar con colegios, institutos y universidades, no vaya a ser que en el futuro, que por los síntomas que padecemos ya está aquí, nos juzguen y condenen por querer convertir –cada vez menos, es la verdad- a nuestros niños y jóvenes en miembros activos de una sociedad que en algún momento soñamos con hacer mejor y que ahora, si alguien no lo remedia, retrocederá en prestaciones y servicios -que no en respeto y educación, ya que en eso podrían darnos lecciones- al tiempo de nuestros abuelos.