lunes, 30 de enero de 2012

Imitación del avestruz

“España está de nuevo en recesión”, informa el Diario de León del 24 de enero del 2012.
En la presentación de mi novela Espaldas con alas, en la que a través de la figura de San Agustín mostré el momento histórico que le tocó vivir, ya hice hincapié en las sorprendentes similitudes que había encontrado entre las formas de vida del decadente Imperio Romano y nuestro propio tiempo en el “Imperio de Occidente”. Al día siguiente, uno de nuestros veteranos periodistas, que pareció entender el mensaje, publicaba: “Ara Antón leyó textos de San Agustín, denunciando estas situaciones y avisó: Si alguien ve diferencias con los tiempos actuales, que interrumpa y me lo diga”. Por supuesto, nadie lo hizo. Era el 30 de septiembre del 2004.
El 24 de diciembre del 2010, este mismo diario publicó uno de mis artículos, titulado La caverna y el bienestar, en el que decía: “Y así irán recortando pensiones, ayudas, medicamentos a los ancianos...” “Los conectarán con mundos ficticios, que los apartarán de una realidad, que si percibieran claramente los podría horrorizar”.
No es que yo sea una sibila o ni siquiera desee serlo; simplemente, la realidad estaba ante nosotros, pero nos empeñábamos en ignorarla.
Es cierto que la crisis actual se debe a la ingeniería financiera de los mercados, y yo añadiría al desagrado de Estados Unidos ante una Europa fuerte, que pudiera discutir su liderazgo mundial, pero creo que, sobre todo, es debida a nuestro hedonismo. No sólo estamos empeñados en disfrutar –cosa perfectamente legítima, siempre que no olvidemos obligaciones y deberes- sino que hasta el hablar de problemas, enfermedades o inconvenientes está mal visto. Esa filosofía del “tengo derecho a todo” provocó el hundimiento del Imperio Romano. Allí las gentes se olvidaron del trabajo, para vivir del “pan y circo” que el Estado regalaba. Nosotros, y hablo de España y concretamente de León, que es la tierra que más me duele, hemos ido abandonando nuestras riquezas: pan, vino, ganado, minería... e infrautilizando otras, como la energía eléctrica, la explotación racional de nuestros montes... empujados por unos intereses poco claros y unos gobernantes sin ninguna visión de futuro, que basan nuestro sustento en convertir el rico patrimonio histórico –que por otra parte tampoco cuidan- en cebo para atraer turistas. ¿Es que a nadie se le ocurrió pensar que en tiempos de crisis los juguetes se abandonan? ¿Acaso no sabían que es preferible llenar un plato de comida que darse una vuelta por el pasado?
Entonces, cuando todo parecía sonreír, algunos nos preguntábamos quién iba a comprar tantos pisos, de qué comeríamos si se desmantelaba la agricultura y la ganadería, cómo era posible que pusiéramos en manos de culturas hostiles nuestras necesidades energéticas, por qué nadie echaba cuentas cuando los bancos les ofrecían dinero para hipotecas, coches y vacaciones...
Pero los responsables seguían sonriendo, arropados incluso por seudointelectuales, o más bien “clientes”, que así los llamaban en Roma, y nosotros, los de a pie, en la calle, llegábamos a sentirnos mal por no participar en la euforia, pensando si tendrían razón los que nos acusaban de antipatriotas o agoreros.
El cambio del sistema no pide sólo una reforma laboral y económica y de reducción de los organismos duplicados, triplicados o quintuplicados. Es también imprescindible una nueva mentalidad, que nos devuelva a una realidad económica y social que únicamente puede ser como es, nos guste o no. El sistema económico mundial es piramidal y conduce invariablemente a su agotamiento cíclico. Esto lo saben muy bien los economistas cuando hablan últimamente de “Economía sostenible”, que traducido al lenguaje del pueblo quiere decir: “Procuremos que el ciclo dure lo más posible, para llenarnos los bolsillos antes de que reviente”. Y mientras, aumentan los parados, se recorta la sanidad, se congela el sueldo de los funcionarios –la mayoría, los que no son cargos políticos o no han llegado aún, a base de extenuantes oposiciones, a un puesto más alto, gana alrededor de novecientos o mil euros-, como si ellos y no sus ejecutivos fueran los responsables de la situación. Bien. Pues nada. A seguir mirando a Cuenca –que por otra parte lo merece- y a esperar a que regresen los “bárbaros”, a ver si ellos entienden la vida de otra manera y nos hacen cambiar.

lunes, 16 de enero de 2012

La otra mejilla

Días pasados la prensa nos informaba de una noticia que, una vez más en estos tiempos revueltos, nos desconcierta y obliga a volver los ojos a varios siglos atrás, para analizar unas enseñanzas que, como hombres modernos, pragmáticos y autosuficientes, creíamos más que superadas.
A poco que nos esforcemos, la mayoría recordamos las palabras de nuestras madres, siempre atareadas sin necesidad de trabajar fuera de casa, cuando, después de hacer que escuchaban nuestras quejas porque algún compañero, o compañera –no faltaría más- abusando de su mayor superioridad física o agresividad, nos había dado una buena tunda o simplemente una bofetada, patada, estirón de pelos, pellizco, empujón, arañazo, mordisco, puñetazo... –porque en este tipo de agresiones sí que teníamos un extenso vocabulario- sentenciaban con una tranquilidad que en el fondo nos encorajinaba: “no te dejes pegar”. Y nos enfadaba porque nos dábamos cuenta de que ellas no alcanzaban a entender que nuestro agresor o agresora era mucho más alto o alta, fuerte o “fuerta”, mayor o “mayora”. Desengañados y solos en un rincón, mascando nuestra venganza para el día siguiente, al menos yo y probablemente muchos más entendíamos que aquello de “no te dejes pegar” quería decir, más o menos, “defiéndete”.
Pero mira por donde, ante la noticia de la riña de Castrocalbón acabamos de entender que estábamos equivocados y que quien tenía razón era Aquel que nos aconsejaba poner la otra mejilla.
En el pasado mes de agosto, a la salida de misa –que no parece que le hubiera hecho mucho efecto- un hombre agrede a una mujer, causándole “una contusión... erosión... y fracturas” -o sea, que se despachó a gusto-. Un familiar de la agredida salió en su defensa, provocándose –mutuamente, se entiende- “heridas menores”. La cosa llega a los tribunales y el fiscal solicita que el agresor sea castigado con “cinco meses de prisión, una multa de 400 euros, una indemnización de 3.186 euros a la mujer y de 90 al familiar que salió en su defensa”. Hasta aquí bien. El castigo queda dentro de las enseñanzas recibidas: “No te dejes pegar” “¿Defiéndete?”. Pero comenzamos a dudar cuando vemos que el fiscal estima que también se debe imponer al defensor una pena de cuatro meses de prisión y una indemnización de 348 euros que tendría que abonar al agresor de su pariente.
¿Deberíamos, pues, defendernos en el caso de una agresión, como creímos entender en nuestra infancia, o “poner la otra mejilla”?
A ver si resulta que, después de pasarnos años suponiéndonos en posesión de la verdad, esta desquiciada sociedad empieza a volver los ojos y las intenciones hacia la mansedumbre, la honradez, el diálogo y el respeto mutuo.